Me ha tocado, o mejor dicho decidí, la gran
fortuna de perderme 11 de los 13 años de Kirchnerismo. Sólo he podido observar esa
gran catástrofe desde mucha distancia. Siempre fue incomprensible para mí ese daño
auto infligido y totalmente evitable. Qué diferente sería Argentina si López
Murphy, sólo 5% detrás de Kirchner allá en el 2013, hubiera hecho un poco más
de fuerza. Qué diferente hubiera sido todo si los votantes de Argentina
hubieran podido ver más allá del pan y el circo en las siguientes elecciones.
Pero bueno, es lo que es y es lo que hay.
Las cosas no han cambiado mucho pero han
cambiado dramáticamente. Más o menos la mitad del país continúa proveyendo
apoyo a la secta K (no creo que merezca el calificativo de partido), y no es
diferente a las últimas elecciones donde también más o menos la mitad votó a
favor. La proporciones no han cambiado mucho, pero esa pequeña diferencia que
le dió a Macri la victoria significa un mundo de diferencia.
Y primero cabe aclarar, que como siempre lo he
dicho, la disyuntiva en el país nunca fue política. No es que se tenía que
elegir entre dos líneas de pensamiento político con dos planes estratégicos
distintos. La cuestión siempre fue si se iba a dejar manejar y vaciar el país a
un grupo de mafiosos ignorantes, que usando la tosquedad de la gente, su poca
dignidad y su fácilmente excitables ideologías políticas, mantenían el poder
con todas las sucias trampas disponibles. La excesiva cultura futbolera
argentina hizo a la población presa fácil de arenga para la tribuna, sin
ninguna sustancia.
Qué inmensa alegría ver que ese cáncer se dejó
detrás. Es claro que no mucha gente, por no poder verlo desde una perspectiva
exterior, entiende la magnitud del daño que se ha hecho. La destrucción de
activos tangibles e intangibles, capacidades y reputación ha sido descomunal.
Argentina requerirá de muchos años, seguramente muchos más de los que me
quedan, de gestión seria y políticas sensibles para poder dejar de ser alguna vez una republiqueta del tercer mundo. Pero más allá de lo que depare el
futuro, es difícil imaginar que algo puede ser peor de lo que pasó.
Desde el exterior, esa pequeña diferencia de un
poquito de porcentaje pasando de una mitad hacia la otra, significa un mundo de
diferencia. En estos últimos años, cuando interrogado, siempre me he presentado
como sudamericano intentando evitar la referencia a Argentina, ya que me
provocaba vergüenza. Afuera del país es bien sabido que Argentina es una seudo-democracia
con gobernantes con aires de dictadores, con muy poca erudición y con modales
groseros, sin capacidad de gestión, con ideas retrogradas y totalmente dedicados a violar las reservas
financieras del estado. Es bien sabido que esa gente se mantuvo en el gobierno
con inmenso apoyo popular. La inferencia siguiente es que el argentino promedio,
entonces, es un opa, un aturdido idiota. Nunca quise ser considerado parte de
ese grupo. Sin embargo, este cambio de gobierno, con intensiones al menos de
gestionar y aplicar conocimiento, y de mantener una posición decente en el
mundo, refresca la visión. Si se entiende que ese gobierno está ahí con inmenso
apoyo popular, de repente, sin mucho cambio en las proporciones, el argentino promedio
pasa a ser una persona normal. Y ciertamente quisiera estar orgulloso de estar unido a la percepción de mi país de origen. La esperanza existe.
Mis mayores deseos de fortuna y sabiduría en
estos muchos años de esfuerzo que seguirán de este cambio de gobierno. Ojalá
que la justicia exista y que las cárceles reciban permanentemente a muchos miembros
de esta secta K. Ojalá que desaparezca el kirhchnerismo, los peronismos, los feudalismos, los izquierdismos retrogrados y los populismos.Y ojalá que a esa mitad del país que hay que esconder hasta
que las generaciones se renueven, esperemos que en la dirección correcta, nunca
le toque influenciar decisiones que afecten a mucho más que ellos mismos.







